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Poder, manejar, hilos, cobre, chatarra, robo, cárcel, mus, envido, jugador, tahúr, Mississippi, río, corriente, electricidad, enchufe, trabajo, paro, marginación, pobreza, diferencia, resta, división, número, racional, humano… persona, ilusión, sueño, dormir, descansar, recuperar, aumentar, suma, multiplicación, agrupación, unión, abrazo, amor, fidelidad, lealtad, confianza, seguridad, protección, cáscara, fragilidad, sensibilidad, ternura, humildad.

Yuxtaposición, inconexión, de un lado, de otro, al derecho, al revés, igualdad… libertad.

 

Un año

Hoy cumples un año. En realidad ya estás aquí desde mucho antes, desde aquella primera ecografía a las ocho semanas de embarazo en la que oímos por primera vez latir tu corazón. Pero hoy hará un año que naciste, un año que podemos abrazarte, besarte, acariciarte, olerte, cuidarte. Hoy haces que nosotros cumplamos también un año, y es que cuando naciste nacieron contigo una madre y un padre. Sí, lo sé, el primer año de vida no es un camino de rosas, ni para ti ni para nosotros… salir de la barriguita de mami donde se está tan bien, tan protegida, tan calentita… y para nosotros dormir poco, aprender que lo aprendido ayer ya no vale, escuchar todo tipo de comentarios acerca de cómo hacer cada cosa… Además hemos decidido ser raritos, hemos decidido portearte, llevarte siempre pegadita a nosotros desde bien pequeña -y lamentamos mucho no haberlo hecho desde el primer día- y no te creas, hay que explicar muchas veces que tú vas más contenta que en esas endiabladas sillitas y que para nosotros no es ninguna carga, al contrario, nos encanta sentirte así pegada a  nosotros. Tampoco has comido nunca papillas ni biberones, la leche de mami está riquísima y cuando empezaste a comer otras cosas dejamos que tú fueras probando, agarrándolas y mordisqueándolas, también en eso somos raritos, pero la verdad es que adquiriste mucha destreza y ahora comes prácticamente de todo. Y aquí estás, con un año, llenando nuestra vida con cada sonrisa, con cada cosa nueva que aprendes, con cada pasito que das. Llenando nuestra vida porque has hecho que el sentido de nuestra vida sea verte crecer feliz, nada importa más que eso. Ni los titulares de los periódicos, ni nada de lo que ocurra importa más que tu sonrisa, nada. Pase lo que pase ya nada cambiará una cosa: desde hace un año dejamos atrás la vida en pareja para tener una vida en familia. FAMILIA, con mayúsculas, uno de los grandes valores que nunca deberíamos perder. Nuestro núcleo, nuestra tribu, el comienzo de todo y el apoyo constante. Ese lugar en el que siempre se encuentra calor por mucho frío que haga fuera. Hoy cumples un año, pequeña mía, y dejo aquí esta entrada del blog para ir a la cama y sentir tu respiración junto a la de tu madre -esa de la que estoy tan orgulloso por lo buena madre que es-, para colocarme en el poco sitio que a menudo me dejas, porque sí, duermes con nosotros, tu cuna está pegada a nuestra cama y sin barreras, para que puedas venir cuando quieras, cuando necesites rozar a tu madre con la punta de los dedos o despertarme por la mañana poniéndote de pie apoyada en mi espalda o con uno de esos cabezazos que con tanto cariño me propinas. Hasta en esos despertares te amo, te amo más de lo que nunca hubiera podido imaginar que amaría a nadie. Supongo que eso es el amor de padre. Feliz cumpleaños hija, y feliz cumpleaños también a la madre que nació contigo.

Día del padre 2.0

19 de marzo de 2013…

Primer día del padre 2.0 para mí. La casualidad quiso que para mí los dos últimos años este día fuera distinto al resto.

En 2012 el día del padre fue el más triste de todos para mí. No tenía nada que festejar. Fue un día en el que recordar, en el que echar de menos. No podía felicitar a nadie, al menos no de la misma forma en que lo había hecho los treinta años anteriores. Fue uno de los días más duros desde que mi padre cambió de estado, y es que ése, junto al de su cumpleaños, fueron días de recuerdo, de notar su falta más aún de lo que la noto cada día, a cada hora, en cada instante que me apetecería coger el teléfono y llamarle, contarle cómo me va, qué me preocupa, y encontrar en él consejos, palabras de aliento y sobre todo comprensión. Es difícil estar más unido a un padre de lo que yo lo estaba al mío. Compartíamos aficiones, compartíamos sentido del humor irónico-sarcástico, visión no extremista de las cosas, conversaciones, tantas y tantas cosas… Pero el año pasado no pudimos celebrarlo, no de la misma forma. Cambié aquellos dibujos que hacíamos en el cole por rosas, los abrazos por pensamientos, los besos por rezos, pero lo que no cambié es el amor con el que hice todos esos regalos.

Sin embargo 2013 es diferente. En 2013 ya no sólo vivo el día del padre como hijo. Algo ha cambiado.

Y lo que ha cambiado es que estás tú, pequeña. Lo que ha cambiado para siempre es que hay una persona por la que siento más amor que por mí mismo. Hay una pequeña, inocente, que me mira y me arranca una sonrisa en los peores momentos, una que cada vez que me ve aparecer me dedica una sonrisa sincera, una a la que todo el mundo piensa que tengo responsabilidad de educar, de enseñar, y que en realidad me ha hecho aprender más cosas en diez meses de las que creí que sabría nunca. Nada es igual, ningún día del padre será igual. Porque tú estás aquí y nunca podré agradecerte lo suficiente todo lo que haces por mí cada día, incluso esos días que me despiertas en mitad de la noche. Lo mejor del día del padre este año será despertarme y verte, ver cómo te despiertas y me miras y sonríes. Escuchar todo lo que me dices con cada mirada, con cada gesto, con cada sonrisa, con cada palabra de ese idioma tuyo que tan claro pareces tener y que no conseguimos descifrar todavía. Y es que yo puedo bañarte, darte de comer, cambiarte de ropa, ayudarte a empezar a andar, evitar que te caigas, consolarte, hacerte cosquillas, inventarme juegos, tirarme en la alfombra para jugar contigo, hacerte reír, dormir a tu lado, cogerte en el colo, abrazarte, pero ni con todas esas cosas conseguiré hacer lo que tú has hecho por mí. Me has hecho PADRE.

Ya el día del padre no volverá a ser igual. Ya no soy sólo hijo. Ya soy padre, con todo lo que significa y que nadie puede entender hasta que lo es. Yo creía entenderlo, pero no. Es de esas cosas que sólo tú conseguiste hacerme entender. Ahora sé qué significa ser padre. Ahora sé qué sentía mi padre por mí y me da mucha pena no poder compartir con él lo que siento por ti, mi peque.

Gracias pequerrecha, gracias por este día tan especial. Gracias a ti y a tu madre. Gracias a las dos por hacer que en todos los proyectos vitales piense primero en vosotras. Por levantarme con ganas de haceros felices cada mañana, porque me hacéis más valiente, más capaz de enfrentarme a lo que sea, de conseguir lo que me proponga sólo para que tú, pequeña, crezcas feliz, inocente y consciente de que estaré siempre a tu lado, queriéndote, abrazándote, allá donde me necesites siempre al lado de tu madre. Gracias a ti soy padre, pero lo importante es que los dos junto a tu madre somos una familia.

Feliz día a todos los padres. Y a los que no sois padres: disfrutad de vuestros padres todo lo que podáis, no os podéis imaginar lo que sienten por vosotros.

Últimamente todos escuchamos en estos tiempos de crisis frases que se repiten una y otra vez, como si el hecho de repetirlas a menudo las convirtiera en verdad o al menos, en una creencia colectiva con la que controlar nuestras mentes y bloquearlas. Una de esas frases dice que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.

Hay multitud de formas de verlo, pero en general hay dos bandos:

  • Los que ostentan (u ostentaron, u ostentarán) el poder dicen que hemos vivido (el resto) por encima de nuestras posibilidades.
  • Los que no ostentan (ni ostentaron, ni ostentarán) el poder dicen que han vivido (los poderosos) por encima de sus posibilidades.

Uno nunca fue partidario de bandos y en general, prefiero ver las cosas desde el punto de vista del astronauta: ver el conflicto desde fuera para tratar de extraer conclusiones antes de posicionarme, y como casi siempre, llego a la conclusión de que ningún bando tiene razón. Lo cierto es que todos los que vivimos en los países en crisis vivimos extremadamente por encima del nivel de vida que deberíamos tener. Trataré de explicarlo con un ejemplo.

Hace un par de semanas fui a una tienda de una multinacional de ropa (da igual el nombre, poned el que queráis) y compré dos prendas de la misma talla para mi hija bebé. Al llegar a casa, los superpusimos para comprobar la medida y comprobamos con sorpresa que uno era unos dos centímetros más grande que otro, tanto de alto como de ancho. La primera ocurrencia que se me vino a la mente la solté y dije: “será que uno está hecho en la India y el otro en Bangladesh”. Lo cierto es que mi mujer miró los países de fabricación y efectivamente había acertado de pura casualidad. Esto me hizo recapacitar… Las prendas eran baratas, muy baratas, y se me ocurrió que desde Bangladesh o India hasta aquí hay mucha distancia, luego vi a mi pequeña riéndose y se me escapó en voz alta la reflexión: “podemos vestirte de diferentes colores cada día, gracias a que manos no mucho más grandes que las tuyas hacen la ropa que te compramos”.

Esas pequeñas manos son las que sostienen nuestro bienestar. Esas pequeñas manos hacen nuestra ropa, los platos en los que ponemos la comida, los cubiertos, nuestros muebles, hasta buena parte de lo que comemos. Nuestra vida está sostenida por pequeñas manos que trabajan en lugar de jugar. Nuestros hijos pueden jugar gracias a que otros no pueden hacerlo, gracias a las infancias robadas.

Somos culpables. Podemos mirar para otro lado, seguir pensando que vivimos sumidos en una crisis brutal, pero lo cierto es que mientras los bancos, los poderes políticos o económicos van laminando nuestra forma de vida, nosotros hacemos recaer el peso de nuestras vidas sobre las manos de los niños del tercer mundo. Somos culpables, todos.

Vivimos por encima de nuestras posibilidades, ya que las posibilidades de cualquier persona, naciera en el país que naciera, deberían ser las mismas. No lo son. Otros son obligados a renunciar a su infancia para que nosotros vivamos en la abundancia.

Esta mañana reflexionando un poco sobre todos los problemas que cotidianamente inundan los telediarios, recapacitando un poco sobre la forma de actuar que tenemos en general, me di cuenta de que los demostrativos -en este caso haciendo honor a su nombre- reproducen bastante bien lo que nos tiene con la soga al cuello y esta sensación de incertidumbre.

Simplificando, podemos decir que los demostrativos son tres: esto, eso y aquello. Obviamos las diferentes variantes de número y género, puesto que para entender el razonamiento sobrarían. Estas tres palabras se diferencian por la distancia a la que se encuentran respecto del que habla. Así, podemos definir:

Esto: lo que tengo aquí, delante de mí. Lo que está cerca, lo que me rodea y es de mi posesión.

Eso: lo que tienes ahí, delante de ti. Lo que está cerca de ti, te rodea o es de tu posesión.

Aquello: lo que está allí, lejos de ti y de mí. Lo que no es ni tuyo, ni mío, ni nuestro.

Desde mi punto de vista el principal problema de la sociedad actual -y no tan actual- está en el eso. El problema es que nadie está conforme con su esto,  tenga lo que tenga, y además no tiene visión de aquello. Todos queremos eso.

Una persona centrada, racional y buena, debería disfrutar y ser feliz con su esto, mientras, en colaboración con la gente que le rodea busca el aquello. Como ejemplo, todos deberíamos estar a gusto con nuestra familia, nuestros amigos, la gente que nos rodea, nuestra situación personal y profesional, nuestro día a día, nuestro esto. Desde este bienestar, deberíamos ser capaces de fijarnos en el aquello, que es todo lo que no tenemos, ni tiene nadie de nuestro entorno y puede ayudar a que ese entorno evolucione de forma positiva hacia el bien común.

Sin embargo, en general la gente se fija en el eso. Fijarse en el eso significa no ser feliz con nuestra situación, significa envidiar la situación del otro y desearla como propia. El problema no es únicamente la infelicidad constante en la que vivimos, sino que como sociedad no avanzamos, puesto que nos centramos en conseguir el eso, sea a costa de arrancárselo de las manos a la persona que lo tiene, o bien procurándolo en otro lugar. En cualquiera de los casos estaremos buscando igualarnos y en cuanto lo consigamos, encontraremos otro eso que nos seguirá haciendo infelices. Además, fijarse en el eso implica no avanzar como sociedad. Tan centrados estamos en el eso que no llegamos al aquello. El aquello nos hace avanzar, nos hace ir un paso más allá. Da pena pensar que desde el renacimiento cada vez son menos los que se preocupan del aquello.

Por eso, reivindico a toda esa gente feliz con su esto. Reivindico a los becarios que se pasan horas en laboratorios investigando para obtener aquellos medicamentos que nos curarán en el futuro. Reivindico a los informáticos que tras sus largas jornadas de trabajo, llegan a casa para abrazar a su pareja, a sus niños, a su perro, a su esto, después de devanarse los sesos para hacer realidad el aquello que permite que los datos viajen de un lugar a otro del planeta en cuestión de milisegundos. Reivindico a los músicos, pintores, escritores, escultores y cineastas que llenan nuestro esto con las ocurrencias de su aquello. Reivindico, en definitiva, a todos aquellos que buscando el aquello hacen que el esto de cada uno de nosotros sea mejor. Gracias a todos los que disfrutáis con vuestro esto y buscáis vuestro aquello. Gracias de corazón.

Olvidaos de vuestro eso, disfrutad vuestro esto y buscad el aquello. Es la clave para tener una existencia relevante.

 

 

¿Primavera?

Fuera llueve. Llueve. El frío del invierno llegó tardío en este abril, parece que quisiera decirnos que no hay esperanza, que no habrá primavera. Hace tan solo tres semanas sentíamos lo peor del verano aquí cerca, en las Fragas do Eume, con ellas se quemaba una parte de nosotros, una parte de ese pulmón por el que solíamos pasear como moléculas de oxígeno, ese lugar al que íbamos a reencontrarnos con nosotros mismos, a relajarnos y sentirnos de nuevo protegidos como en el vientre de esa madre que es Galicia.

Dentro la tenue luz de la lámpara ilumina el salón desde una esquina mientras escribo este post. En la televisión noticias de la prima de riesgo, de lo dura que es la situación para parados, jubilados, trabajadores, pensionistas…, del temporal, del frío, noticias de todo menos de la primavera.

Es como si la primavera hubiera decidido no llegar. Allá donde mires alguien se queja de su sufrimiento. Lo comprendo, aunque todo el sufrimiento me parece relativo después de lo que he pasado hace unos meses. Lo cierto es que la mayoría de ellos tienen motivos para quejarse, su sufrimiento es real. Gente con hambre, con incertidumbre, sin saber si va a tener trabajo, si va a poder disfrutar del bienestar al que está acostumbrado, sin saber si mañana encontrará cerrada la puerta de su empresa, sin saber si mañana podrá abrir su negocio, sin saber si podrá hacer frente a sus facturas o a las nóminas de sus empleados.

Frío. Lluvia. Primavera que no llega… y sin embargo, rebuscando allá, en lo más profundo de mi pensamiento surge una llamarada que incendia mi mente y la descongela. Esa llamarada me pone a pensar, me centra y me hace darme cuenta de que cualquier persona tiene siempre motivos para quejarse, para sufrir. Del mismo modo que cualquier persona tiene siempre motivos para disfrutar, para reír. Y es que pueden quitarnos el trabajo, pueden quitarnos la comida, cerrarnos la empresa… pero depende de nosotros que nos quiten la felicidad. No pueden quitarnos el amor, ni la ternura, no pueden quitarnos la sonrisa, tampoco la bondad, no, no pueden. Nadie puede quitarnos el deber que tenemos de hacer sonreír a los demás, ni el de sonreír nosotros. Nadie, nunca, debe ser capaz de quitarnos el sentido del humor, por más que las cosas vengan mal dadas.

Por más que se empeñen, por más que suba la prima de riesgo o baje el PIB, por mucho que las agencias de rating se confabulen, por muchas veces que nos hayan contado que el éxito está en lo inmediato y que se mide en divisas, no van a poder quitarnos la primavera.

El éxito se mide en la capacidad que tenemos para ser nosotros mismos, hacer lo que nos apetece hacer sin importunar al resto de la sociedad y ser felices. Lo mejor que podemos aportar al mundo es nuestra felicidad y la de los que nos rodean, eso, por más que todo pinte gris, nadie nos lo quitará nunca, de nosotros depende entonces que haya primavera.

Hoy

Escribo esta entrada para reivindicar el hoy. Y es que nadie, nunca te habla del hoy. Todo el mundo habla del ayer o del mañana, pero nunca del hoy.

Cuando eres pequeño, apenas echas a andar y dices tus primeras palabras y te ves envuelto en una vorágine en la que la sociedad te envuelve desde los tres años. Empiezas el cole. Desde ese momento estarás haciendo cosas, estarás escuchando “ayeres” que se supone que forjarán tu “mañana”. Pero nadie, nadie te habla del hoy…

Lo cierto es que todo lo que nos enseñan, lo que aprendemos, se basa en lo ya ocurrido, en lo ya descubierto, en lo ya descrito. Se supone que cuanto más conoces lo que ya ha ocurrido, más fácil es que sepas interpretar y gestionar lo que está por venir.

Pero nadie se centra en enseñarte el hoy. El hoy es el único camino para el mañana. Por muchos “ayer” que conozcamos, lo cierto es que el futuro empieza por lo que hacemos hoy, invariable e inmutablemente. Ayer ya no sirve, hoy es el principio de mañana.

Por eso, tenemos que construir nuestro mañana desde el hoy y no desde el ayer, por eso admiro a los artistas con mayúsculas, esos que son capaces de sacar una melodía nueva, una nueva forma de ver cualquier rincón de cualquier calle, de mirar al mundo. El mañana no se construye en escuelas de diseño industrial, ni en ingenierías, ni en grandes laboratorios. En esos lugares únicamente se reproducen las ideas que en el hoy una mente brillante ha obtenido. Julio Verne soñó con cosas que a día de hoy todavía no hemos realizado, y tal vez su lectura nos permita enfocar los retos del mañana. Lo que prevalece siempre es el arte, nos muta, nos sorprende…

Pero esto iba del hoy, o al menos de cómo me siento hoy. Hoy ya no sirve de nada ayer, ni los pasados cuatro años. Lo cierto es que veintiséis años atrás -soy de la generación que entraba con cuatro- comencé en la vorágine, en el vértigo -que diría Ismael Serrano-, entré al colegio y nadie me explicó que era para no parar. Salí del colegio diez años más tarde, luego cuatro de instituto, seis de carrera, cinco de trabajo… y sigo… y… ¿así hasta la jubilación? Y todo el tiempo aprendiendo del pasado, conquistando el futuro.

Así que hoy he decidido parar un rato, sentarme, reflexionar, leerme unas cuántas páginas de Nietzsche y reencontrarme con mis pensamientos para darme cuenta de que lo importante sucede hoy, está sucediendo. Al fin y al cabo, lo que ya ocurrió no podemos cambiarlo -y quizá no queramos- y el porvenir dependerá de lo que cada uno esté haciendo ahora: escribir un post, leerlo…

Hoy es hoy. Invariablemente. Y lo más paradójico es que siempre es hoy.