Fuentes web
Entradas
Comentarios

Esta mañana reflexionando un poco sobre todos los problemas que cotidianamente inundan los telediarios, recapacitando un poco sobre la forma de actuar que tenemos en general, me di cuenta de que los demostrativos -en este caso haciendo honor a su nombre- reproducen bastante bien lo que nos tiene con la soga al cuello y esta sensación de incertidumbre.

Simplificando, podemos decir que los demostrativos son tres: esto, eso y aquello. Obviamos las diferentes variantes de número y género, puesto que para entender el razonamiento sobrarían. Estas tres palabras se diferencian por la distancia a la que se encuentran respecto del que habla. Así, podemos definir:

Esto: lo que tengo aquí, delante de mí. Lo que está cerca, lo que me rodea y es de mi posesión.

Eso: lo que tienes ahí, delante de ti. Lo que está cerca de ti, te rodea o es de tu posesión.

Aquello: lo que está allí, lejos de ti y de mí. Lo que no es ni tuyo, ni mío, ni nuestro.

Desde mi punto de vista el principal problema de la sociedad actual -y no tan actual- está en el eso. El problema es que nadie está conforme con su esto,  tenga lo que tenga, y además no tiene visión de aquello. Todos queremos eso.

Una persona centrada, racional y buena, debería disfrutar y ser feliz con su esto, mientras, en colaboración con la gente que le rodea busca el aquello. Como ejemplo, todos deberíamos estar a gusto con nuestra familia, nuestros amigos, la gente que nos rodea, nuestra situación personal y profesional, nuestro día a día, nuestro esto. Desde este bienestar, deberíamos ser capaces de fijarnos en el aquello, que es todo lo que no tenemos, ni tiene nadie de nuestro entorno y puede ayudar a que ese entorno evolucione de forma positiva hacia el bien común.

Sin embargo, en general la gente se fija en el eso. Fijarse en el eso significa no ser feliz con nuestra situación, significa envidiar la situación del otro y desearla como propia. El problema no es únicamente la infelicidad constante en la que vivimos, sino que como sociedad no avanzamos, puesto que nos centramos en conseguir el eso, sea a costa de arrancárselo de las manos a la persona que lo tiene, o bien procurándolo en otro lugar. En cualquiera de los casos estaremos buscando igualarnos y en cuanto lo consigamos, encontraremos otro eso que nos seguirá haciendo infelices. Además, fijarse en el eso implica no avanzar como sociedad. Tan centrados estamos en el eso que no llegamos al aquello. El aquello nos hace avanzar, nos hace ir un paso más allá. Da pena pensar que desde el renacimiento cada vez son menos los que se preocupan del aquello.

Por eso, reivindico a toda esa gente feliz con su esto. Reivindico a los becarios que se pasan horas en laboratorios investigando para obtener aquellos medicamentos que nos curarán en el futuro. Reivindico a los informáticos que tras sus largas jornadas de trabajo, llegan a casa para abrazar a su pareja, a sus niños, a su perro, a su esto, después de devanarse los sesos para hacer realidad el aquello que permite que los datos viajen de un lugar a otro del planeta en cuestión de milisegundos. Reivindico a los músicos, pintores, escritores, escultores y cineastas que llenan nuestro esto con las ocurrencias de su aquello. Reivindico, en definitiva, a todos aquellos que buscando el aquello hacen que el esto de cada uno de nosotros sea mejor. Gracias a todos los que disfrutáis con vuestro esto y buscáis vuestro aquello. Gracias de corazón.

Olvidaos de vuestro eso, disfrutad vuestro esto y buscad el aquello. Es la clave para tener una existencia relevante.

 

 

¿Primavera?

Fuera llueve. Llueve. El frío del invierno llegó tardío en este abril, parece que quisiera decirnos que no hay esperanza, que no habrá primavera. Hace tan solo tres semanas sentíamos lo peor del verano aquí cerca, en las Fragas do Eume, con ellas se quemaba una parte de nosotros, una parte de ese pulmón por el que solíamos pasear como moléculas de oxígeno, ese lugar al que íbamos a reencontrarnos con nosotros mismos, a relajarnos y sentirnos de nuevo protegidos como en el vientre de esa madre que es Galicia.

Dentro la tenue luz de la lámpara ilumina el salón desde una esquina mientras escribo este post. En la televisión noticias de la prima de riesgo, de lo dura que es la situación para parados, jubilados, trabajadores, pensionistas…, del temporal, del frío, noticias de todo menos de la primavera.

Es como si la primavera hubiera decidido no llegar. Allá donde mires alguien se queja de su sufrimiento. Lo comprendo, aunque todo el sufrimiento me parece relativo después de lo que he pasado hace unos meses. Lo cierto es que la mayoría de ellos tienen motivos para quejarse, su sufrimiento es real. Gente con hambre, con incertidumbre, sin saber si va a tener trabajo, si va a poder disfrutar del bienestar al que está acostumbrado, sin saber si mañana encontrará cerrada la puerta de su empresa, sin saber si mañana podrá abrir su negocio, sin saber si podrá hacer frente a sus facturas o a las nóminas de sus empleados.

Frío. Lluvia. Primavera que no llega… y sin embargo, rebuscando allá, en lo más profundo de mi pensamiento surge una llamarada que incendia mi mente y la descongela. Esa llamarada me pone a pensar, me centra y me hace darme cuenta de que cualquier persona tiene siempre motivos para quejarse, para sufrir. Del mismo modo que cualquier persona tiene siempre motivos para disfrutar, para reír. Y es que pueden quitarnos el trabajo, pueden quitarnos la comida, cerrarnos la empresa… pero depende de nosotros que nos quiten la felicidad. No pueden quitarnos el amor, ni la ternura, no pueden quitarnos la sonrisa, tampoco la bondad, no, no pueden. Nadie puede quitarnos el deber que tenemos de hacer sonreír a los demás, ni el de sonreír nosotros. Nadie, nunca, debe ser capaz de quitarnos el sentido del humor, por más que las cosas vengan mal dadas.

Por más que se empeñen, por más que suba la prima de riesgo o baje el PIB, por mucho que las agencias de rating se confabulen, por muchas veces que nos hayan contado que el éxito está en lo inmediato y que se mide en divisas, no van a poder quitarnos la primavera.

El éxito se mide en la capacidad que tenemos para ser nosotros mismos, hacer lo que nos apetece hacer sin importunar al resto de la sociedad y ser felices. Lo mejor que podemos aportar al mundo es nuestra felicidad y la de los que nos rodean, eso, por más que todo pinte gris, nadie nos lo quitará nunca, de nosotros depende entonces que haya primavera.

Hoy

Escribo esta entrada para reivindicar el hoy. Y es que nadie, nunca te habla del hoy. Todo el mundo habla del ayer o del mañana, pero nunca del hoy.

Cuando eres pequeño, apenas echas a andar y dices tus primeras palabras y te ves envuelto en una vorágine en la que la sociedad te envuelve desde los tres años. Empiezas el cole. Desde ese momento estarás haciendo cosas, estarás escuchando “ayeres” que se supone que forjarán tu “mañana”. Pero nadie, nadie te habla del hoy…

Lo cierto es que todo lo que nos enseñan, lo que aprendemos, se basa en lo ya ocurrido, en lo ya descubierto, en lo ya descrito. Se supone que cuanto más conoces lo que ya ha ocurrido, más fácil es que sepas interpretar y gestionar lo que está por venir.

Pero nadie se centra en enseñarte el hoy. El hoy es el único camino para el mañana. Por muchos “ayer” que conozcamos, lo cierto es que el futuro empieza por lo que hacemos hoy, invariable e inmutablemente. Ayer ya no sirve, hoy es el principio de mañana.

Por eso, tenemos que construir nuestro mañana desde el hoy y no desde el ayer, por eso admiro a los artistas con mayúsculas, esos que son capaces de sacar una melodía nueva, una nueva forma de ver cualquier rincón de cualquier calle, de mirar al mundo. El mañana no se construye en escuelas de diseño industrial, ni en ingenierías, ni en grandes laboratorios. En esos lugares únicamente se reproducen las ideas que en el hoy una mente brillante ha obtenido. Julio Verne soñó con cosas que a día de hoy todavía no hemos realizado, y tal vez su lectura nos permita enfocar los retos del mañana. Lo que prevalece siempre es el arte, nos muta, nos sorprende…

Pero esto iba del hoy, o al menos de cómo me siento hoy. Hoy ya no sirve de nada ayer, ni los pasados cuatro años. Lo cierto es que veintiséis años atrás -soy de la generación que entraba con cuatro- comencé en la vorágine, en el vértigo -que diría Ismael Serrano-, entré al colegio y nadie me explicó que era para no parar. Salí del colegio diez años más tarde, luego cuatro de instituto, seis de carrera, cinco de trabajo… y sigo… y… ¿así hasta la jubilación? Y todo el tiempo aprendiendo del pasado, conquistando el futuro.

Así que hoy he decidido parar un rato, sentarme, reflexionar, leerme unas cuántas páginas de Nietzsche y reencontrarme con mis pensamientos para darme cuenta de que lo importante sucede hoy, está sucediendo. Al fin y al cabo, lo que ya ocurrió no podemos cambiarlo -y quizá no queramos- y el porvenir dependerá de lo que cada uno esté haciendo ahora: escribir un post, leerlo…

Hoy es hoy. Invariablemente. Y lo más paradójico es que siempre es hoy.

El día que soñé que no existía, me di cuenta de que el mundo era el mismo, de que nada le faltaba sin mí. Tan solo esa pequeña parte que yo le aporto. Una parte mísera, ínfima. Un solo átomo de materia y tres de melancolía, eso le faltaba.

La gente seguía haciendo su vida, yendo a los mismos lugares o a otros parecidos. Pero yo ya no estaba. Parecía como si nadie notase mi falta. Sí, eso era. Mi átomo de materia se transformó en otra cosa, quizás en polvo, quizás en humo… quizás… ¿quién sabe?.

Sin embargo no encotraba mis tres átomos de melancolía. Parecían haberse esfumado, probablemente porque el mundo era más feliz sin mí. Eso pensé. En ese momento pensé haber sido poco inteligente por no llegar a esa conclusión antes. Podría haberle evitado a toda esa gente mucho sufrimiento, todo el que le he dado con aquella melancolía y amargura. Mi vida había sido un estorbo, y me enteraba ahora, ahora que ya no podía deshacerme de ella porque no la poseía.

Como consuelo, quedaba el hecho de que mi tristeza ya no impediría al mundo ser feliz. Por eso volví la vista. Deje de mirar a la gente como antes, no tenía sentido. Ellos ya no me recordaban, y en el fondo era mejor que no lo hicieran, porque sólo les haría ser infelices, tristes, como yo, que siempre había visto la vida pasar en blanco y negro.

Una mañana, muy fría, donde el calor del aliento hacía que éste se evaporase en cada suspiro, me fijé en una chica que caminaba al frente. Tenía un abrigo oscuro, podría ser negro, iba de espaldas y no distinguía a ver su rostro. Caminaba con paso firme pero sin prisas, como si fuese a enfrentarse a algo que aunque la intimidaba, tendría que afrontar con valentía. Se paró ante una cruz y decidí verla desde el lado opuesto, para ver lo que sostenía en sus manos. El mundo entero he visto siempre en blanco y negro, pero entonces, sólo entonces, distinguí claramente el color rojo de la rosa que portaba la chica. “Para ti, yo me he quedado con tus tres átomos de melancolía” -dijo.

No conseguí reconocer su cara, pues sólo me fijé en la rosa. No sé su nombre, ni de quién se trataba… Sólo sé que quien fuese, me quería.

En ese momento desperté, y desde entonces he buscado a aquella chica.

Septiembre de 2001.

Relato corto

Hoy es un día de esos en los que hace mucho frío, pero el sol está en todo lo alto. Me gustan estos días. Es uno de esos días en los que me voy al puerto y miro al mar. O quizás, si no anocheciese tan pronto, iría a la playa. No a bañarme. A escuchar lo que me dicen las olas. Hace tiempo que no las oigo y no sé si siguen vivas, no sé cómo les va. Tal vez debería ir, aunque se me hiciese de noche allí. Total… ¿qué es lo peor que puede pasar? Que las estrellas me miren no es un problema, al contrario, me encanta.

Recuerdo una de las últimas veces que fui. Aquella vez que subí, camino del acantilado y me encaramé a una roca. Recuerdo que la vi, probablemente fue de las primeras veces que la vi. Justo en el momento en que llegué allí, ella se acercó. Con su largo abrigo  negro y su melena ondeando al viento. Qué noche tan perfecta. Qué frío más gélido en los rostros, y qué calor tan grande en los corazones. Entonces se acercó y sin mediar palabra me abrazó. Nos besamos, probablemente aquel fue el mejor beso de mi vida. Los labios fríos, íban tomando conciencia del calor de los corazones y se ponían a tono. Que abrazo tan consolador en aquella noche de viento. Hasta aquella ráfaga. Concretamente aquella racha viento fue fortísima, pero allí estábamos abrazados, que era lo más importante. Qué extraordinario momento…

En ningún momento llegué a verla de espaldas. Nunca. Después de aquel beso, lo único que recuerdo son burbujas, muchas  burbujas y luego que llegué aquí, no sé cómo. Supongo que debe de ser difícil salir. Quizás estaremos aquí para siempre.  Al menos ahora puedo estar con ella para siempre… aquí, en el fondo del mar. No sé si fue la ráfaga, no lo recuerdo, pero caímos del acantilado y por eso estamos aquí, en el fondo, unidos para siempre y haciendo hablar a las olas… ¿Las escuchas?…

Muchas veces he podido comprobar que cuando la gente te pregunta a qué te dedicas y les contestas, la idea que tienen en la cabeza es completamente diferente a lo que tu trabajo es en realidad.

Así, por si a alguien le interesa, os cuento qué hace un desarrollador de software diariamente, y sobre todo, qué no hace. Si alguien se anima puede dejar en los comentarios qué hace y no hace su profesión, sería interesante ver las ideas preconcebidas que tenemos y que no son ciertas.

En primer lugar he de decir que un desarrollador de software es un profesional. Considerando como profesional todo aquello que no es un hobby. La gente tiende a pensar que los programadores son gente solitaria, con gafas de pasta, camisas de cuadros y bolígrafos en el bolsillo de las mismas, que trabajan a las 4 de la mañana delante de pantallas con unos y ceros de color verde. No, no somos eso. De hecho, esos que trabajan por amor al arte, son los que hacen que mi trabajo esté mal pagado. “No, esta web ya me la hace mi primo…”

Yo en concreto desarrollo en Java. Es un lenguaje de programación orientado a objetos -aunque no del todo-. Para los que no controlan, la orientación a objetos viene a decir algo así como que: “el universo son un conjunto de objetos que interactúan entre sí, haz que tus programas modelen el universo, hazlas pensando en objetos”.

No somos genios en matemáticas. No. La programación en los lenguajes de hoy en día, se parece bastante al lenguaje natural… con una diferencia: los ordenadores NO permiten que tengas faltas de ortografía. Sí sabemos mucho de lógica, de ahí el calificativo de “cabezas cuadradas”. Básicamente los ordenadores son lógica, no matemáticas. Es difícil discutir con un informático intentando convencerlo sin emplear la lógica… no comprendemos la ilógica.

Se tiende a pensar que es un oficio de genios bien pagados, pero en realidad no es así. Sí es cierto que hay trabajo, por lo que no hay demasiado paro en esta profesión, pero en general, debido a la brutal subcontratación -he llegado a trabajar en 4º nivel de subcontratación- los sueldos son bastante bajos si lo comparamos a otras profesiones con la misma categoría. Así, un Ingeniero Informático que desarrolle software empezará cobrando unos 15.000€ anuales -900 netos mensuales sin extras- y con suerte, tras seis o siete años desarrollando, y tras pasar por tres o cuatro empresas -la única forma real de que te suban el sueldo es irte, o amenazar con irte en muchos casos, salvo honrosas excepciones, que las hay- acabarás cobrando unos 30.000€ anuales, unos 1.800€/mes sin extras. La mayoría de la gente no llega a estos niveles y se mantienen en unos 21.000€/año, unos 1.350€/mes sin extras. Comparado a un arquitecto, un médico, un abogado… es poco dinero.

No somos frikis. Desconfiad de los desarrolladores de software que están a la última de todos los gadgets tecnológicos que existen. No sabemos de todo, no podemos hacerlo todo. No me da miedo decir que pago porque cambien la fuente de alimentación de mi PC. No soy experto en eso. No arreglo impresoras, no sé por qué windows lanza pantallazos azules… no… no es mi trabajo. Soy programador, pero no sé cómo se programan todas las marcas de vídeo para grabar programas -esto me lo preguntaron, os lo aseguro-.

Mi trabajo es escuchar a los clientes, saber qué quieren, establecerlo en un papel/documento/contrato -depende del caso-, modelarlo -hacer los planos-, desarrollar la aplicación que resuelve su problema, probarla, entregársela y explicarle cómo funciona. Tras eso, estaré durante meses cogiendo el teléfono o contestando correos sobre cómo funciona tal o cual cosa, además de anotando las posibles mejoras que el cliente detecta, para intentar vendérselas más adelante. Sí, vendemos cosas, no vivimos del aire como dije antes.

No todos hacemos páginas web. Yo en concreto estoy especializado en aplicaciones web, pero no páginas. No sé usar el Photoshop, no sé hacer páginas web bonitas. Yo hago la parte de atrás, lo que no se ve, eso que hace que cuando alguien da a un “Me gusta” de Facebook te llegue un correo electrónico. O cosas como que cuando entras a tu portal de banca electrónica no te deje acceder a cuentas de otros clientes simplemente cambiando tu número de cliente en la URL -la URL es lo que se escribe en la barra del navegador, sí, lo de “las tres w”-.

Mi trabajo no es solitario. Trabajo en equipo. En mi caso coordino un equipo, pero en general somos seres extremadamente sociales los informáticos. La mayoría de compañeros que tengo/tuve, hacen deporte, tienen aficiones, salen de marcha, quedan con sus amigos y son personas perfectamente normales. Sí, lo somos. Leemos el periódico, nos interesa la cultura, el arte, vemos series de televisión sin necesidad de que estén en versión original o que sean de tecnología. Yo mismo confesaré que veía Los Hombres de Paco, o Aquí no hay quien viva… El equipo, la gente con la que trabajas es muy diferente a otros oficios. El equipo aquí acumula, construye, depende uno de otro. En realidad es una mezcla entre trabajo en equipo y producción en cadena, ya que hay tareas muy dependientes. Es imposible trabajar dentro de un equipo con el que no congenias, me ha tocado alguna vez y en esos casos únicamente quieres irte.

Otro tema son los horarios. En general se trabaja de lunes a viernes, muchas empresas con jornada continua los viernes y todos los días del verano… A cambio, no sabes cuándo son tus vacaciones. Trabajas por proyectos, por lo que si entra un proyecto un día antes de tus vacaciones, es seguro que te las van a cambiar de fecha. En general, las empresas que triunfan tiene horario flexible. Esto implica que hay días que pringas hasta más tarde de tu hora, pero nadie mirará si un día haces 15 minutos menos. Si hay confianza y estás en un equipo bueno, acabas entrando y saliendo cuando quieres. Lo que importa es el proyecto y mientras se cumplan sus plazos…

Es un trabajo “de pensar”, por lo que lo mejor que puedes hacer el día que estás constipado, es largarte en cuanto notes el primer síntoma. Te vas a tu casa y al día siguiente vuelves fresco. Ese día por más que lo intentes no “tirarás una línea de código” decente, por lo que tendrías que rehacer mucho trabajo. Es decir, si no estás concentrado, por lo que sea, mejor vete o dedícate a mirar el facebook… mañana ya harás el doble.

En general, resumiendo, un desarrollador de software es una persona normal y corriente, no son señalados por las calles, no cobran demasiado, no trabajan por amor al arte, no son solitarios, trabajan en equipo -¡qué equipazo tengo! ;-) – y por proyecto, y como en todos los negocios se busca que el cliente esté satisfecho, un cliente que a menudo no sabe lo que quiere y al que hay que asesorar mucho porque pisa un terreno pantanoso en el que no se siente cómodo -la tecnología-.

Espero que os parezca interesante, y si alguien se anima a comentar su día a día en otra profesión… pues mejor.

…aquellas tardes en la facultad, tirados en el césped, hablando de todo y de nada, jugando al mentiroso, al asesino, planeando el próximo botellón, paseando por la playa, aprendiendo a escuchar lo que nos decían las olas.

…aquellos tiempos en los que caminábamos deprisa para espantar al frío, aquellos de noches enteras sentados frente a frente, con tazas de chocolate esperando al amanecer, aquellos de tardes de trivial, scattergories y parchís.

…aquellos lugares que visitabas de niño y te parecían enormes, aquella primera aula de parvulario donde había mesas gigantescas en las que empezabas a garabatear letras con tus compañeros mientras construías tus sueños, y que hoy, vistas desde arriba, se han quedado pequeñas, encogidas, como todo lo que planeabas.

…aquellos partidos de sábado por la mañana, para los que no te importaba madrugar. Muerto de frío en campos de tierra, cubierto de barro hasta las orejas, disputando cada pelota como si te fuera en ello la vida, divirtiéndote, alimentando tu cuerpo y tu espíritu, soñando con evitar el gol que trunque la liga, con dar el pase del gol que te permita alzar la copa.

…aquellas noches de juerga en que se amontonaban los vasos vacíos de chupitos de tekila sobre la mesa, hacíamos con ellos montañas, igual que con nuestras penas y alegrías, maximizando sentimientos, minimizando la censura de nuestra mente.

…aquellos meses de diciembre de colegio, largos, lluviosos, pero alegres porque preparabas villancicos y te disfrazaban de Rey Mago, y te creías capaz de cumplir ilusiones, deseos…

…aquellas primeras lecturas, aquellos libros que te llevaban a mundos mágicos, como Otoño en Valdehelechos, ese cuento que todavía conservo, de apenas diez páginas, encuadernado con una simple grapa y que, aunque no el primero, siempre fue el libro al que más cariño tengo, recuerdo todavía el día que mi madre me lo compró, en una librería que ya no existe, de camino a casa, después del cole…

Posiblemente es el mejor regalo que recibí de alguien nunca, con ese libro empezó a gustarme la lectura, y sin él, hoy no estaría escribiendo en este blog que lleva por título Valdehelechos, el de aquel estupendo libro de cuentos…

Tal vez no le interese a nadie, pero… a mí sí.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.